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The Objective: Lucía Torres, psiquiatra, sobre las redes sociales: Ni 'postureo' ni fingir

Lucía Torres

Lucía Torres

Psiquiatra | Col. 282860242 | 2026-10-04

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The Objective: Lucía Torres, psiquiatra, sobre las redes sociales: Ni 'postureo' ni fingir

El medio digital The Objective ha publicado un completo artículo protagonizado por nuestra Directora Médica, la Dra. Lucía Torres, en el que aborda el impacto psicológico del uso de las redes sociales y la necesidad de validación externa. A continuación, compartimos el texto íntegro de la entrevista:


Lucía Torres, psiquiatra, sobre las redes sociales: «Ni 'postureo' ni fingir: ser feliz no solo pasa por dejar de sostener la imagen que los demás tienen de nosotros, sino por ser reales»

Hace apenas unos años habría resultado extraño imaginar que millones de personas mostrarían diariamente qué comen, dónde están, con quién pasan sus vacaciones, qué ropa llevan, qué opinan sobre cualquier tema o cómo se sienten. Las redes sociales han convertido esa exposición en algo normal y han añadido, además, un elemento que antes no existía con esta intensidad: la posibilidad de conocer inmediatamente la respuesta de los demás.

Likes, comentarios, seguidores y visualizaciones cuantifican esa mirada ajena. Pero hay un problema que expertos, como la Dra. Lucía Torres Jiménez, psiquiatra y directora médica de Tranquilamente, están detectando. Dicho problema no está necesariamente en publicar ni en estar contentos por la atención recibida, sino cuando necesitamos justo esa reacción externa para determinar cuánto valemos o incluso cuánto valor tiene aquello que estamos viviendo.

Para entender por qué esto puede ser problemático y alejarnos de la felicidad y la tranquilidad, la Dra. Torres propone regresar a una de las primeras etapas de nuestra vida: la infancia.

Primero aprendemos quiénes somos a través de los demás

Nuestra identidad no aparece completamente formada. Durante los primeros años necesitamos a otras personas para empezar a construirla.

«Desde la psicología del desarrollo sabemos que la identidad no nace en soledad. Un niño descubre quién es a través de la mirada de sus figuras de referencia: necesita que alguien lo vea, lo nombre, lo interprete y le devuelva una imagen de sí mismo. Ese 'espejo' es imprescindible durante la infancia», explica la psiquiatra Lucía Torres a THE OBJECTIVE.

En consulta vemos con frecuencia personas que ya no distinguen con claridad qué desean realmente y qué desean porque creen que será bien recibido

Crecer supone, entre otras cosas, ir haciendo nuestra una parte de esa función: «La tarea de la adolescencia y de la vida adulta consiste, precisamente, en ir internalizando esa función. Poco a poco aprendemos a mirarnos a nosotros mismos, a interpretar lo que sentimos, a acompañarnos y a construir un criterio propio».

Eso no significa que al llegar a adultos deje de importarnos lo que otros piensen de nosotros. Somos seres sociales y la aceptación continúa teniendo importancia. La diferencia, señala la Dra. Torres, debería estar en el peso que concedemos a esa opinión: «La opinión de los demás sigue importando, pero ya no debería tener el peso absoluto que tiene, por ejemplo, la voz de un padre o una madre para un niño pequeño». Y es precisamente ahí donde las redes sociales introducen una dinámica diferente.

Cuando vivir algo parece no ser suficiente: hay que mostrarlo

Nunca había sido tan fácil mostrarle al mundo lo que hemos hecho o dejado de hacer y comprobar inmediatamente qué opinan de ello. Al respecto, la Dra. Torres afirma que las redes sociales han «prolongado y amplificado» esa necesidad humana de ser vistos.

«Muchas personas vuelven a situar en el exterior una función que, idealmente, en la vida adulta debería estar mucho más integrada: la de confirmar quiénes somos y qué valor tienen nuestras experiencias. Ya no basta con vivir algo; necesitamos verlo reflejado, compartido y validado por otros», afirma.

La psiquiatra utiliza un ejemplo sencillo para explicarlo. Imaginemos que contamos a un niño pequeño que va a ir a un parque de atracciones. Probablemente se entusiasme. Pero si le decimos que tendrá que ir completamente solo, el plan pierde buena parte de su sentido: «El niño necesita la presencia del otro que le ayude a descubrir el mundo, a interpretarlo y a compartir la experiencia».

Salvando las enormes diferencias entre ambas situaciones, la experta considera que en las redes sociales puede reactivarse parte de esa lógica: «La experiencia parece tener sentido cuando alguien más la ve, la comenta o la confirma. No es que los adultos volvamos a ser niños, sino que se reactiva un mecanismo psicológico muy primario: la necesidad de que la mirada del otro nos permita sentir que existimos y que lo que vivimos tiene valor».

El problema no es publicar, sino para qué lo hacemos y qué sentimos después

Esto no significa que compartir fotografías, vídeos u opiniones en Internet sea necesariamente perjudicial. La diferencia está en para qué necesitamos hacerlo y qué ocurre emocionalmente después de publicar: «No es solo la exposición. Lo más delicado es cuando empezamos a necesitar esa exposición para sentirnos validados», señala la Dra. Torres. Y establece claramente dónde situaría el problema: «Mostrar algo de uno mismo no es, por sí mismo, un problema; la dificultad comienza cuando nuestro estado emocional empieza a depender de cómo reaccionan los demás», lo que, indudablemente, merma nuestra autoestima y nos aleja de la felicidad.

Ya no basta con vivir algo; necesitamos verlo reflejado, compartido y validado por otros

En ese momento, explica, estamos colocando nuevamente fuera de nosotros una función que debería estar al menos parcialmente interiorizada. La cuestión puede llegar a ser más profunda que sentirse bien porque una fotografía recibe muchos likes o decepcionarse porque consigue pocos. Podemos empezar a observarnos a nosotros mismos como si fuéramos nuestro propio público.

«Empezamos a mirarnos a nosotros mismos con los ojos del público»

Para la Dra. Torres, este es uno de los aspectos más interesantes del fenómeno: «La cuestión no es solo recibir críticas, sino empezar a mirarse a uno mismo con los ojos del público».

La consecuencia puede aparecer incluso antes de publicar algo. La persona comienza a preguntarse cómo será percibida una experiencia, una decisión o una imagen y puede terminar confundiendo lo que realmente desea con aquello que cree que será mejor recibido: «En consulta vemos con frecuencia personas que ya no distinguen con claridad qué desean realmente y qué desean porque creen que será bien recibido».

La identidad se vuelve más frágil cuando depende de un marcador externo, como likes, comentarios, reconocimiento… que siempre es variable e impredecible

La psiquiatra vuelve a establecer un paralelismo con determinados procesos de la infancia: «Un niño pequeño a veces tampoco distingue cuánto disfruta de una actividad y cuánto disfruta de comprobar que esa actividad despierta satisfacción en sus padres. Ambos procesos están profundamente entrelazados». En las redes, esa aprobación adquiere además una característica particular: puede medirse: seguidores, comentarios, visualizaciones, likes…

«La identidad se vuelve más frágil cuando depende de un marcador externo —likes, comentarios, reconocimiento…— que es, por definición, variable e impredecible», apunta la experta. Precisamente, la ciencia ha empezado a estudiar qué ocurre cuando esos marcadores públicos de aprobación no responden como esperamos. Un estudio publicado en Child Development realizó tres investigaciones sobre el efecto que tenía en adolescentes recibir menos señales positivas que otros usuarios en redes sociales.

En uno de los experimentos participaron 613 adolescentes, con una edad media de 14,3 años, que fueron asignados aleatoriamente a recibir pocos o muchos likes durante una interacción simulada en una red social. Los adolescentes que recibieron pocos likes se sintieron más rechazados y manifestaron más emociones negativas y más pensamientos negativos sobre sí mismos. En otro de los experimentos, los investigadores observaron además que los jóvenes que ya habían sufrido victimización por parte de sus compañeros resultaban especialmente vulnerables ante esa menor aprobación digital.

Los resultados no significan que recibir pocos likes provoque por sí mismo un problema de salud mental. Pero sí muestran, sin embargo, que las señales cuantificables de aprobación social pueden producir respuestas emocionales inmediatas y que determinadas vulnerabilidades previas pueden influir en cómo se experimentan.

Hoy gusta, mañana no sabemos

Esa imprevisibilidad es otro de los elementos que la Dra. Torres relaciona con la vulnerabilidad psicológica. Una publicación puede recibir una enorme aprobación y la siguiente pasar prácticamente inadvertida. Una determinada versión de nosotros mismos puede ser celebrada un día y cuestionada al siguiente: «Desde la teoría del apego sabemos que una de las experiencias más desestabilizadoras para un niño es recibir respuestas profundamente incoherentes e impredecibles por parte de sus figuras de apego o de referencia».

La psquiatra no equipara las redes sociales con una relación entre un niño y sus figuras de apego: lo que plantea es que puede reactivarse parte de esa lógica de imprevisibilidad: «Nunca sabemos con certeza cómo será recibida una publicación, qué provocará aprobación, indiferencia o rechazo. Cuando la propia autoestima queda demasiado vinculada a esa respuesta cambiante, aumenta la sensación de inseguridad y de dependencia emocional».

Y hay una diferencia adicional: el público potencial ya no está formado únicamente por nuestro círculo más próximo. «En el mundo digital esa vulnerabilidad puede amplificarse porque la mirada ya no pertenece a unas pocas personas significativas, sino a cientos o miles de desconocidos», afirma la experta.

Según la Dra. Torres, esta dinámica puede resultar especialmente delicada en personas que parten de determinadas vulnerabilidades previas: «Las redes reactivan una experiencia de imprevisibilidad en la validación, y eso puede hacer que algunas personas se sientan especialmente vulnerables, sobre todo si ya tienen una historia de apego inseguro».

El «yo vivido» frente al «yo representado»

Existe además otra cuestión: ¿qué ocurre cuando la persona que mostramos empieza a separarse demasiado de la que sentimos que somos?. Todos modificamos parcialmente nuestro comportamiento dependiendo del contexto. No hablamos exactamente igual con nuestra pareja que con nuestro jefe, nuestros padres o un desconocido. Para la Dra. Torres, eso forma parte de la vida social normal: «Todos mostramos versiones diferentes de nosotros mismos según el contexto: no somos exactamente iguales con un amigo, con un paciente o con un hijo. Eso es normal».

Nunca sabemos con certeza cómo será recibida una publicación, qué provocará aprobación, indiferencia o rechazo. Cuando la propia autoestima queda demasiado vinculada a esa respuesta cambiante, aumenta la sensación de inseguridad y de dependencia emocional

El problema aparece cuando una de esas versiones adquiere demasiado peso: «La dificultad aparece cuando una de esas versiones públicas empieza a ocupar todo el espacio y la persona siente que debe protegerla a cualquier precio». La Dra. Torres habla entonces de una distancia entre «el yo vivido y el yo representado».

Sabemos que somos mucho más complejos que la fotografía que proyectamos al exterior. Pero si precisamente esa versión recibe constantemente reconocimiento, podemos sentirnos empujados a mantenerla. «La persona sabe, en algún nivel, que es mucho más compleja que la imagen que proyecta, pero si esa imagen es la que recibe reconocimiento, puede terminar organizando su vida para no ponerla nunca en riesgo».

Al respecto, la psiquiatra recuerda en este punto el concepto de «falso self» desarrollado por el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott, esto es, una identidad excesivamente adaptada a las expectativas externas que puede distanciar a la persona de su propia experiencia.

Tenemos que poder soportar que los demás se equivoquen sobre nosotros

La psiquiatra utiliza otro ejemplo cotidiano para explicar la diferencia: «Si alguien me ve con tacones y piensa que soy alta, yo sé que esa percepción no cambia mi altura». Parece evidente, pero detrás del ejemplo existe una cuestión mucho más profunda: tener una idea suficientemente estable de quiénes somos permite tolerar que otras personas posean una imagen incompleta o incluso equivocada de nosotros.

«El adulto sano puede tolerar que los demás tengan una imagen parcial o incluso equivocada de él, porque posee un conocimiento interno más amplio de quién es», afirma. El problema aparece cuando concedemos a esa percepción externa más autoridad que a nuestro propio conocimiento: «Cuando empezamos a creer que somos exactamente aquello que los demás perciben». La Dra. Torres resume el riesgo en una frase: «Entonces dejamos de vivir para conocernos y empezamos a vivir para sostener una representación».

Cuando «existir es ser visible»

Existe además una exposición que puede comenzar mucho antes de que un menor tenga capacidad para decidir sobre ella. Fotografías del nacimiento, primeros pasos, cumpleaños, vacaciones, vídeos familiares o anécdotas privadas pueden terminar en Internet desde los primeros años de vida. Para la Dra. Torres, detrás de esa normalización existe una idea sobre la que merece la pena reflexionar: «También estamos transmitiendo, a veces sin querer, la idea de que existir es ser visible. Muchos niños son fotografiados, grabados y publicados desde edades muy tempranas».

El riesgo que señala la psiquiatra no consiste en afirmar que todo niño expuesto en redes vaya necesariamente a desarrollar problemas psicológicos: su preocupación se centra en qué modelo de relación con la propia identidad estamos enseñando.

El riesgo es hacer creer a nuestros hijos que dependen demasiado de una mirada externa y olvidar una capacidad fundamental para la salud mental: la de poder estar a solas con uno mismo, conocerse desde dentro y sostener una identidad que no necesite ser confirmada constantemente por los demás

Si desde muy pequeños aprendemos que aquello que hacemos se fotografía, se muestra y recibe inmediatamente una reacción, puede resultar más difícil desarrollar otra capacidad que la Dra. Torres considera fundamental: estar con nosotros mismos sin necesitar constantemente un público: «El riesgo es educarlos para depender demasiado de una mirada externa y olvidar una capacidad fundamental para la salud mental: la de poder estar a solas con uno mismo, conocerse desde dentro y sostener una identidad que no necesite ser confirmada constantemente por los demás».

Porque el problema, en última instancia, no es que alguien vea nuestra vida. Ni que nos guste recibir reconocimiento; ni siquiera que disfrutemos compartiendo una parte de lo que somos. El punto de inflexión aparece cuando la mirada del otro deja de acompañar nuestra identidad y empieza a construirla por nosotros.


Puedes leer el artículo original completo publicado por María Palmero en The Objective.

Lucía Torres

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Lucía Torres · Psiquiatra (Col. Nº 282860242)
Madrid (Paseo de la Habana) y Majadahonda. Consulta presencial o videollamada.

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